domingo, 21 de junio de 2015


om
y en la ternura , dejadose corroer por el dolor , cometiendo todas las locuras del amor. La llama no se extinguía por sí sola.
Y un día en que la herida le ardía intensamente, Siddharta impelido por la nostalgia, atravesó el río y bajó de la barca decidido a ir a la ciudad en busca de su hijo. El río se deslizaba suave y silencioso _era la estacion de la sequía_, pero su vz tenía un sonido extraño : se estaba riendo ! Era evidente que estaba riéndose. Sí, el rrío se burlaba del viejo barquerocon una risa abierta y cantarina. Siddharta se detuvo, se inclinó sobre las aguas para oír mejor y ver su rostro reflejado en la apacible corriente. Y en ese rostro rreflejadohabia algo que le recordo cosas pasadasy olvidadas, al seguir pensando descubrió lo que era:  aquel rostro se asemejaba a otro que el había conocido, amado incluso temido en otros tiempos. Se parecía al rostro de su padre, el brhaman. Y entonces recordó que mucho tiempo atrás , de joven había obligado a su padre a dejarlo ir con los ascetas. Recordó como se había despedido de él para luego marcharse y no volver nunca más. ¿Noo habían sido los sufrimientos de su padre similares a los de ´l, ahora padecía por su hijo?
Su padre no muerto años atrás, solo, sin haber vuelto a ver a su hijo. Y esa repetición, esa carrera en el mismo círculo fatal¿no era acaso una comedia absurda y extraña?
El río se estaba riendo. Sí, así era: todo lo que no se terminaba de sufrirno ono se resolvía hasta el final, se repetía, siempre se volvía a sufrir las mismas penas..
Pero Siddhartavolvió a la embarcación y la en rumbó hacia la cabaña, pensando en su padre, pensando en su hijo, escarnecido por el ró, en pugna consigo mismo, al borde de la desesperacion, y no menos tentado de reírse de sí mismo y del mundo entero. ¡Ay!, la herida aún no florecía, su corazón aun se revelaba contra el destino, serenidad y el triunfo no irradiaban todavía desde su propio dolor. Sintió, no obstante, un rayo de esperanza, y al verse de nuevo en la cabaña lo invadió un deseo irrefrenable de abrirlesu corazon a Vauveda, de mostrarle todo y contarle todo a él, que era un maestro en el arte de escuchar.
Vasuveda estaba en la cabaña, sentado, y tejía un cesto. Ya no conducía la barca: sus ojos empezaban a debilitarse; y no sólo sus ojos, sino también sus brazos y sus manos.  Lo único que no cambiaba era la alegría y la serena benevolencia de su rostro.
Siddharta se sentó junto al anciano y le empezó a hablar lentamente. Le habló de cosas sobre las que nunca habían conversado: de su ida a la ciudad aquella vez, de su herida dolorosa, de su envidia al ver padres felices, de lo absurdos que eran estos deseos y de su inútil lucha contra ellos. Le contó todo: sintióse capaz de decirlo todo, incluso lo mas penoso y delicado: sí le podía explicar, mostrar y contar todo. Le enseñó su herida, le habló también de su huida ese mismo díia, de como había cruzado el río, niño fugitivo, con el propósito de ir a la ciudad, y de como e río se había reído.
Mientras hablaba_y habló largo tiempo_, mientras Vasuveda lo escuchaba con su rostro sereno, Siddharta tuvo la impresión de que la atencion con que el barquero seguía sus palabrasera ahora más grande que nunca: sintio que sus dolores e inquietudes , así como su secreta esperanza, fluían hasta el anciano para regresar luego hacia él. Mostrarle su propia heridaa un oyente como Vasuveda equivalía a lavarla en las aguasdel río hasta que se enfriara y se uniera en ellas, Y mientras seguía hablando, mientras seguia explicando y confesando , Siddharta llegó a sentircon una intensidad simpre mayorque el ser que lo escuchaba ya no era Vasuveda ni tampoco un ser humano; que aquelo oyente inmóvil absorbía en sí sus confesiones como un arbol la lluvia; que era el Dios mismo, lo Eterno. Y mientras Siddharta llegó a sentir con una intensidad siempre mayor 
Y mientras Siddharta dejaba de pensar en sí y en su propia herida, este descubriiento de la transformacion operadaa en Vsuvda se fue apoderado de él. y cuanto más intensamente la sentía y penetraba en ella, menos se asombraba y más se daba cuenta de que todo era natural y estaba en orden, de que Vasuveda habaía sido asi practicamente desde siempre, sólo que sin tener plena conciecia e ello, y de que acaso él mismo se le pareciera mucho. Sinitió que ahora contemplaba al viejo Vasuveda como el pueblo contempla a los dioses, y esta situacion no podía durar mucho. En su corazón empezó a despedirse de Vasuveda, aunque no dejara de hablar un solo instante.
Cuando hubo terminado, Vasuveda fijo en él su mirada afectuosa y algo debilitada por los años, sin decir una palabra, irradió amor y serenidad hacia su amigo, comprensión y sabiduríaa. Tomó a Siddharta por la mano, lo condujo hasta su asiento en la ribera,
se sentó con él y sonrió al rio.






Siddharta - Hermann Hesse

No hay comentarios:

Publicar un comentario